
¿Qué pasaría si extrapoláramos nuestra profesión (diseñatas, creativos y gente de mal vivir) al maravilloso mundo de la hostelería? Pues podrían llegar a suceder cosas como estas:
Escena 1:
Cliente: me va a poner 3 cubatas. Uno con limón, otro con cocacola y el tercero se lo dejo a su gusto. Para que me sorprenda. Camarero: … Cliente: Eso sí, solo le pienso pagar uno. Camarero: … Cliente: Y me reservo el derecho de regatear el precio. Escena 2:
Cliente: mézcleme el vodka, con ginebra y con whiskey y al resultado añádale un poco de limón, una aceituna y algo de bitter. Camarero: Pero eso, además de tener un sabor horrible, le va a sentar fatal caballero. Cliente: Es igual, yo lo quiero así.
En este último caso, el cliente -tras el oportuno lavado de estómago- se quejaría siempre del cocktail que pidió y acusaría al camarero de no hacer bien su trabajo. Eso sí, si el camarero se negara a preparar semejante bomba y le ofreciera otro cocktail sabroso y cuyo sabor fuera mundialmente reconocido, el cliente cabreado se marcharía a otro bar donde le preparan lo que él pidiera.
Fijo.



