El afilador


Cuando empieza el buen tiempo, los enanos de la guardería de debajo de mi casa, salen a la terraza a jugar, cantar y saludar a la gente que pasa por la calle. «¡Holaaaaaaa! ¡Holaaaaa!«, gritan como posesos a cualquiera que vean. «¡Holaaaaaaa! ¡Holaaaaa!» hasta que son correspondidos o hasta que desaparece el transeunte demasiado ocupado para devolver tan sentido saludo.

El caso es que, en el momento en que está tomada la foto de arriba, estaban especialmente inquietos por un sonido que escuchaban y que les llamaba profundamente la atención. Sonaba tal que así y no sabían identificarlo. Las profes les decían «¡Es el afilador! ¡El afilador!» y los niños se quedaban pegados a la valla esperando verle aparecer.

Tras este episodio, se formó una idea clara y brillante en mi cabeza. Algo que me hizo darme cuenta de un hecho que, aparentemente, ha pasado desapercibido para generaciones y generaciones de personas. La conclusión a la que llegué es que el flautista de Hamelin no era tal. El flautista de Hamelin era, en realidad, un sencillo afilador.


8 respuestas a “El afilador”

  1. Una vez más me haces sonreír leyendo tus elucubraciones… Ahora sí puedo entender el estúpido cuento del Flautista de Hamelín… Gracias

  2. Menos mal que tardas mucho en tener «ideas» y sobre todo «brillantes»… por favor, deja de beber agua de Vichy y retoma la cerveza… je je

  3. que risa me dió lo del flautista de Hamelin >< siempre me haces el día con este tipo de post